Autora: Dra. Cristina Ravazzola
En los últimos años varios tratados reubican el debate sobre “La Familia”. Iniciativas, como la promovida desde Unicef en Argentina de una jornada de debate sobre el tema coordinada por la Dra. Catalina Wainerman, plasmada en el libro “Vivir en Familia”, en noviembre de 1994; la creación de la Maestría en Ciencias de la Familia en la Universidad de San Martín en 1995 y de la Cátedra de Diversidades en el Posgrado de Actualización en Psicología Sistémica de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (1995), el volumen publicado por ISIS Internacional en Chile ........... que recoge ponencias de las Jornadas organizadas por FEMSUR/UNICEF en Uruguay (1993), estimulan la conciencia acerca de la importancia del tema en cuanto a la formulación y aplicación de las políticas sociales de nuestros países latinoamericanos. En estos momentos en que cada vez menos podemos esperar estas conciencia y estas políticas desde nuestros Estados convertidos en mercados, los actores sociales somos responsables de asumir nuestra voz desde cada esfera personal y profesional en la que participamos.
Nuestros discursos sobre “La Familia” no son inocuos. Contribuyen, por ejemplo, a formular dictámenes judiciales que adjudican hijos a un padre o una madre, que excluyen a algunos, que imponen o eximen de obligaciones económicas, que favorecen o perjudican a algunos miembros de la familia. Estas decisiones son asumidas por profesionales y funcionarios que, como personas tienen compromisos emocionales con las concepciones de FAMILIA, con o sin conciencia de ello.
El logotipo usado por Naciones Unidas durante 1994 , proclamado Año Internacional de La Familia, era un techo ensamblado con un corazón, lo que alude simbólicamente a funciones de protección, cuidado y afectos. Pero esto resulta algo simplista y nos mueve más interrogantes que respuestas:
¿Cuál es el lugar de lo doméstico y cuál el de la vida pública en las definición de la Familia en las distintas sociedades?
¿En qué influye el sexo y en qué la edad para una distribución de roles y funciones entre los miembros de una familia?
¿Cuál es la importancia de la sexualidad, de la economía, de la producción, de la convivencia, de la cotidianeidad en esa estructura?
¿Cuál es el lugar del poder en las relaciones familiares? ¿Quién se supone que debe tomar decisiones y en base a cuáles criterios?
¿Cuál es el lugar del amor, el de los afectos?
¿Cuál es el lugar de la violencia y el miedo?
Como dice Eva Giberti en “Lo Familia y los modelos empiricos2 “mantener la idea de....” (pg. 115 “Vivir...”). Si somos coherentes con esta afirmación y con los interrogantes que nos planteamos, necesitamos (pg 1) Esto implica también reconocer la existencia de distintos “saberes” acerca de la Familia, que todos tenemos, por experiencias de participación, de proximidad, de exclusión, de excesos, de carencias, de ilusiones, etc...
Entonces,...¿de cuál Familia hablamos cuando afirmamos algo sobre ella?
En la tarea de producir teoría acerca de “la familia” nadie es neutral ni totalmente naif. Todos tenemos un “SABER” que es necesario recuperar para ser responsables de las familias que queremos construir. Necesitamos re-pensar, de-construir ese “saber”, para no limitarnos a la noción de asociaciones ligadas meramente a la reproducción biológica.
Las imágenes que se nos presentan bajo ese título, La Familia, parten fácilmente de una concepción hegemónica de la familia, la “familia nuclear”, constituída por mamá y papá, una mujer y un hombre heterosexuales, casados, con hijos. Desde allí podemos plantear un proceso hacia concepciones más pluralistas y complejas, tal vez más próximas a nuestras observaciones y los testimonios sobre las múltiples formas de organización de la vida cotidiana.
Hagamos un poco de teoría familiar con mirada crítica, siguiendo a Poster Mark en : Elements of a Critical Theory of the Family, en “Critical Theory of the Family” , Pluto Press Limited, Great Britain, 1978. Las ideas pluralistas implican un desafío a algunas explicaciones teóricas más tradicionales. M. Poster comenta las concepciones más “naturalistas” y más “biologicistas”, que ubican a la familia en el terreno de un hecho natural, supuestamente debido a que la vida familiar está ligada a nacimientos, muerte, sexo, enfermedades, comer y dormir, etc, es decir, hechos “naturales”, comunes a todas las personas. Estas concepciones fundamentan diferencias entre los miembros de las familias en características biológicas inamovibles de sexo y edad, características cuyas limitaciones están cada vez más puestas en jaque especialmente por las nuevas tecnologías reproductivas. También aporta críticas a las concepciones “funcionalistas”42 , que han definido a la familia actual destinada a responder a demandas funcionales derivadas del modo de producción industrial, a diferencia de la familia pre-industrial, ligada al modo de producción familiar, cuyas reglas eran más estrictas y donde la autoridad paterna resultaba más clara. La familia de la era industrial se vuelve (citando palabras de la obra difundida de Cristopher Lash, “Heaven in a Heartless World”) un lugar de refugio, un cielo que compense al hombre, el productor familiar, del rol mecánico y subordinado que desempeña en la fábrica. El inconveniente, obviamente, es que estas propuestas “funcionalistas” enmascaran conflictos y desigualdades de género y clase. La muy utilizada categoría de análisis de la familia, el análisis de los roles familiares, pertenece a esa concepción “funcionalista” y se refiere generalmente a la división sexual y generacional de los trabajos que desempeñan los diferentes miembros de la familia, lo que se espera que cumpla cada uno, con los consiguientes réditos y sanciones.
Reconocíamos que no es posible ser ingenuos/as en cuanto a la importancia política de producir debates acerca de este tema.
En nuestras culturas de países latinoamericanos, las unidades sociales que llamamos familias parecen ocupar un lugar central como sistema social. Su valor se sustenta en que es, mechas veces, el único organismo social que se hace cargo de sus miembros más desvalidos. Con seguros de desempleo inexistentes o muy magros, con jubilaciones denigrantes para la mayoría, con políticas sociales cada vez más desinteresadas en el bienestar social, son muchos los que sobreviven gracias a la solidaridad familiar. Veamos algunas concepciones implícitas , que funcionan como representación social de esta entidad, recogidas en conversaciones con colegas terapeutas y profesionales de disciplinas afines.
a) El sistema familiar es dador de identidad social, al punto tal que las personas pueden identificarse como “un Padre”, “una Madre”, “un Hijo”, y abordarse en esos términos, así como encontrarle sentido a conductas según estas identidades, etc. Es más, también otorga un status social. Aquellas personas que no están vinculadas en forma directa con miembros de su red familiar sufren algún tipo de rotulación estigmática, desde sí mismos o desde otros, cuando no son víctimas - especialmente en nuestros países vaciados de un estado asistencial - de franco desamparo. Quienes no tienen familia : dan lástima, no tienen apoyo, no tienen tampoco garantías o créditos que los/las avalen.
b) Frecuentemente, en discursos sociales y políticos, se divide al mundo social en categorías de Público y Privado, entendiendo por privado el mundo de la vida familiar y por público al mundo extra familiar. La Familia es un eje calificado de esa distinción. Estas dicotomías, que niegan la validez de categorías intermedias y las interconexiones entre extremos supuestamente polares, rara vez son suficientemente revisadas y de-construídas, pero es innegable la importancia de la Familia para su definición.
c) Las instituciones públicas destinan dinero y energía a la creación de políticas acerca de, hacia y para la Familia, aunque no por ello la analicen ni la discutan sistemáticamente.
d) Las relaciones familiares parecen resumir aquellos componentes de las conductas sociales que son no racionales, ni económicamente productivos y por lo tanto no son fácilmente mensurables; las ubicamos en la esfera de los afectos y de las relaciones de proximidad e intimidad que (¿paradojalmente?), los seres humanos registramos como importantes y necesarias para nuestra supervivencia. Esta es la única institución social que asume en sí y por sí misma todas estas funciones. Pero debemos tener en cuenta que la complejidad y diversidad de sus componentes, sus interrelaciones, sus relaciones con el mundo social circundante y sus diversidades culturales, hacen muy dificultosos los análisis totalizadores. Hablemos más de LAS FAMILIAS que de LA FAMILIA, y diferenciemos las experiencias y prácticas de cada uno de sus miembros.
e) La Familia también es considerada como “patógena”, es decir como generadora de conductas “enfermas”. A pesar del desprestigio de los modelos mecanicistas utilizados para explicar las conductas humanas como efectos directos de “causas” que las provocan, es fácil que La Familia aparezca como la entidad social a ser responsabilizada de las conductas socialmente indeseables de sus miembros. Si los adolescentes se drogan, si los niños tienen dificultades escolares, supuestamente la familia es enfocada como la causa del problema.
Cabe el interrogante de si, en esta posición, La Familia no será la heredera de la frecuente y abundante culpabilización a “la madre” que rigió gran parte de las construcciones en el campo de la psicología, y que sigue impregnando el imaginario social.
Uno de los pilares de este supuesto lo constituye la teoría del “registrador” o “grabador” infantil, que propone (como lo indica el modelo biológico del “imprinting”) la idea de que los seres humanos nos socializamos básica y predominantemente en la infancia, y no considera la existencia de procesos de socialización de los que participamos permanentemente. (Rachel Hare-Mustin)
Cuando las agencias educativas y de salud mental que son convocadas para resolver problemas de conducta consideran a la familia como patógena, la perciben como antagónica a los sistemas socializadores y de control social que ellas proponen. En esos casos las agencias se posicionan como sustitutos deseables frente a la familia, considerada como indeseable. El forcejeo por la apropiación de los hijos y por el reconocimiento de una función asistencial entre la agencia y la familia lleva a veces a anular esfuerzos y a rivalidades inexcusables.
Tomando como ejemplo especialmente las familias en las que se producen actos abusivos (agresiones y ataques emocionales y/o físicos desde justamente aquellos de los que se espera protección y cuidado), y también aquellas en las que los padres no cumplen con algunas de las funciones de cuidado de los hijos esperadas por la cultura, aparece, desde el campo de los operadores de Salud Mental, la rotulación de esas familias como “enfermas”.
En la discusión acerca de esta construcción encontramos que se estaría aplicando un modelo (médico) diseñado para explicar mecánicamente trastornos corporales de un mamífero a conductas de un colectivo grupal, con consecuencias tales como que:
-por “enfermo” se entiende una conducta o una persona “desviada” de una norma. Esta rotulación enmascara la necesidad de examinar quien es el que establece tal norma, y también produce efectos de desresponsabilización de las personas en relación a sus conductas.
-se producen curiosos efectos de delegación en los que las agencias sociales de salud y educación que se ponen en contacto con estas familias se transforman en padres adultos de estos padres “patológicos”, que a su vez pasan a constituirse en hijos “adolescentes rebeldes”.
Sin pretender hacer un análisis histórico social, sino más bien desde el observatorio clínico, algunas concepciones que los terapeutas sostenemos parecen la contrapartida de la imagen anterior. “La familia” sana sería una familia exigida a funcionar de modo ideal, “el cielo en un mundo sin corazón” (5) de los ideales de la familia norteamericana de las propagandas de electrodomésticos.
Por otra parte, como miembros de la cultura, los terapeutas intentamos aplicar un discurso racional al análisis de “la familia” describiendo funcionalmente a sus miembros, que son denominados regularmente por sus roles como “madre”, “padre”, “hijo”, etc., y se les supone prácticas que responden a dichos roles.
La medicalización de circunstancias de la vida humana como nacer o morir conlleva algunas consecuencias como la tiranía de los “expertos” en el campo de la salud y la educación, quedando subordinados a ellos quienes se autoconvocan solidariamente para acudir a ayudar en esas circunstancias (muy frecuentemente mujeres).
Así y todo, se supone que “la familia” provee una relación de afecto entre personas difícilmente “medible”, pero muy frecuentemente esta relación queda depositada exclusivamente en el desempeño maternal de las mujeres. En la medida en que estas prácticas de las mujeres se ven como propias de su naturaleza y no son visualizadas en su dimensión de esfuerzo y trabajo dedicado a los demás, se atribuye a las madres la responsabilidad de la crianza, sin que esto las jerarquice y prestigie. La desvalorización implícita de las funciones desempeñadas por las madres explica muchos de los problemas de desautorización y confusión jerárquica que éstas deben afrontar y que se hace especialmente notable en la etapa adolescente de sus hijos/as.
c) significados diferentes de “la familia” para el varon adulto para la mujer adulta para los hijos según edades y sexo para los abuelos, tíos, o miembros de otras generaciones
d) “la familia” como recurso proveedora de las necesidades de c/u ejecutora de programas de socialización específicos para cada género con funciones según roles distribuidos por sexo
Cuando es considerada por las agencias de salud mental y educativas como recurso y no como patogénica, la familia pasa a ser considerada una agencia privada socializadora y de control cuya cooperación resulta necesaria para cumplimentar cualquier programa a desarrollar con los hijos. En este caso, las agencias que son convocadas por problemas de abusos de drogas o de personas, se ven en la tarea de compartir y negociar con las familias las pautas de un proceso socializador promotor de los cambios deseados.
¿Qué nos hace pensar que hubo cambios en las familias en los últimos 10 años?
Comencemos por enumerar algunos GRANDES CAMBIOS SOCIALES GENERALES,
tanto en cuanto a fenómenos de población como a creencias relacionadas:
Sigamos con OTROS CAMBIOS, especialmente en el terreno de la conciencia social acerca de algunos fenómenos familiares:
Las profesionales de la salud mental que trabajamos convocando los miembros de la red familiar para mejorar la calidad de vida de nuestros/as consultantes, como parte de esa población de profesionales mujeres cuyos testimonios y prácticas están transformando la mirada científica más tradicional, venimos observando los distintos impactos de estas nuevas realidades, y las reacciones y contra-reacciones que podrían inspirar políticas sociales de efecto beneficioso: apoyos y legitimaciones que produzcan disminución de costos de estigmatización, de estereotipia, de silenciamientos, de síntomas, de limitaciones, etc.
¿Estos factores del movimiento de población en qué dirección y cómo pueden estar influyendo? En especial, ¿cómo influyeron en cuanto a la calidad de vida de las personas involucradas?
Revisemos a) los factores que podemos llamar reproductivos:
-Las políticas favorecedoras del control de la natalidad (mundiales más que locales) están ayudando a
difundir métodos de control de la natalidad por métodos manejados por las mujeres. Esto debería estar
produciendo menor presión social sobre las mujeres para que su único lugar sea el hogar y los hijos,
pero, a la vez, operan sin influenciar para modificar las imágenes tradicionales y aumentar el apoyo social
si la mujer elige un destino distinto al del mandato.
Incluyamos el fenómeno de la manipulación tecnológica de la reproducción, y, veremos que, lejos de
producirse mayor apoyo social a las mujeres que deciden no ser madres, o mayor aceptación de las convivencias
homosexuales, en niveles que mejorar la calidad de sus vidas, así como todo el debate ético
que estos temas requieren7, más bien se producen y reproducen las consecuencias de cumplir con el sueño
de Francis Bacon de que el hombre domine la naturaleza y la capacidad reproductiva de la mujer.
b) los factores productivos:
-La presencia de las mujeres en el trabajo extradoméstico implicó la denominada doble jornada, con doble
carga de esfuerzo, y menos modificaciones de las esperadas en cuanto a su calidad de vida.Tampoco,
necesariamente, aseguró que los hombres se acercaran a la vida doméstica y a los hijos.
-Las tendencias económicas mundiales y locales han resultado en la imposibilidad cada vez mayor para
el hombre de ser EL proveedor satisfactorio de las necesidades económicas de su familia. Creo que es
válido examinar en detalle las dificultades en el reconocimiento de estas dos variables y sus consecuencias
para los distintos miembros de “la familia”.
y c) los factores relacionales (abarcando especialmente SEXUALIDAD y SOCIALIZACION de los HIJOS)
-Los cambios en las conductas sexuales (mayor disponibilidad y mayor conocimiento de las mujeres
con respecto a la vida sexual, en especial en relación a su propia sexualidad),
el desprestigio del tabú de la virginidad, con un notable aumento y visibilización de convivencias premaritales,
¿han logrado cambios en el standard moral doble diferente para mujeres de para varones? ¿qué
importancia han tenido? ¿han sido verdaderamente liberadores? y, ¿para quiénes?
-El aumento de la tasa de divorcios parece haber logrado alguna disminución de la estigmatización de
las asociaciones familiares no convencionales.
-Los cuestionamientos a la vigencia del amor romántico (idealización del otro, sensaciones imprevisibles
y fuera de procesos, absorción en pensamientos acerca del otro, voluntad de hacer sacrificios,
asociado a fenómenos de placer estético) (James R. Averill, Henry T. Finck, 1881-1923 y Dante, 1274,
citados por Averill,) ayudan a visibilizarlo en un contexto histórico y social. Reubican nociones que
mantenemos inadvertidamente sobre las ilusiones acerca de algunos paraísos. Nos aferramos a algunas
imágenes idealizadas de La Familia y La Pareja, la mujer = madre, algunas concepciones de la infancia
(coincidiendo con palabras de la licenciada Eva Giberti) por no perder paraísos.
La de-construcción de estas concepciones ha logrado una revisión de las ideologías de los ideales de la
PRIVACIDAD y la AUTODETERMINACION, y entonces la posible apertura del “cerco” familiar a la
intromisión del mundo público y al análisis de cada situación, muchas veces no precisamente coincidente
con el cuentito del hogar como refugio para todos.
Voy a referirme a esta construcción - la familia -, analizando especialmente los cambios en los roles y las
funciones de los componentes adultos centrales, staff, del conjunto. Aceptando las críticas a los análisis
funcionalistas, antes mencionada, trataré de incluir el conflicto de poderes implícito en estas distribuciones
, y me voy a referir a los procesos que vienen sufriendo y sufren las mujeres y hombres de nuestra
cultura en tanto, en una trama de relaciones, se asumen como esposa-madre y como esposo-padre, especialmente
en relación a posiciones de prestigio y legitimación social, y a la riqueza del contraste entre
las expectativas sociales sobre estos roles y las características que concretamente observamos en las
conductas de las personas con las que tomamos contacto. En el interjuego entre esas expectativas, por un
lado - lo esperado- y por el otro las concretas actitudes de las personas, se generan otras tramas que tal
vez nos permitan flexibilizar los límites y crear políticas y alternativas que nos reflejen y nos representen
en la búsqueda de valores más justos y humanitarios.
Es muy difícil evaluar estos cambios en las conductas familiares de los varones, sin caer en generalidades
no siempre representativas. Los ítems relacionados con la autoridad y la centralidad son útiles para
ayudarnos a explicar lo observado.
Aun cuando es evidente que hombres y mujeres trabajan para sostener la cotidianeidad de sus hogares,
las mujeres asumen más francamente el compromiso y la responsabilidad de su participación en áreas
familiares y extrafamiliares.
Para los hombres, sin embargo, mientras que su capacidad como proveedores parece ser una de sus mayores
fuentes de autoestima, su participación doméstica parece atentar en su contra.
Sin duda los hombres han sido afectados por los cambios promovidos por las mujeres, pero todavía, salvo
excepciones, no han acompañado estos cambios de una manera satisfactoria para sí y para sus familias.
Algunos parecen sufrir el haber sido sacados de un lugar central, y resistirse a participar de la vida familiar
de otra manera que la aprendida. Otros, los que sufren menos trastornos, aceptan mejor los conflictos
que derivan de la necesidad de re-negociar roles y posiciones con la mujer, aceptan cuidar de sus hijos,
cocinarles, ocuparse de su limpieza y su escolaridad, aunque declaran que, debido a esos cambios, también
tienen conflictos con otros hombres y también consigo mismos y sus propias creencias y valores
acerca de la masculinidad.
Muchos se aferran a esquemas de dominación sobre sus mujeres y sus hijos, generando a veces graves
problemas para todos.
Pero también es cierto que existen pocos espacios de debate público en los que las nuevas imágenes de
varones se discutan y puedan circular con más aceptación y menos alarma para su autoestima.
salario concreto no ha significado tanto cambio en las relaciones de poder familiar como el que cabría
esperar. Las mujeres siguen disponiendo de sus ingresos para la necesidad del sustento diario, o para
hacerse cargo del pago de la persona que la sustituye en la casa. Con lo que no terminan de traducir su
entrada de dinero en poder de decisiones concretas en el hogar.
El factor relacional parece tener más peso. El hecho de que ellas participen de un lugar de trabajo con
otras personas amplía las redes de las mujeres, y ese sí parece ser un factor de cambio en las relaciones
de dependencia de las esposas hacia los esposos. Con los contactos personales en el lugar de trabajo, las
mujeres se ven frente a nuevas valorizaciones y comparaciones que generan a su vez nuevos y beneficiosos
conflictos en la relación conyugal.
Aun cuando muchos hombres se han sentido responsables y han cifrado su autoestima y prestigio social
y familiar en la calidad y cantidad de su aporte al sustento de su grupo familiar, las realidades de desempleo
y de aumentos crecientes de costos de vida y servicios en nuestros países promueve conflictos
en estos supuestos. De hecho, las mujeres han salido a contribuir a mejorar los montos aportados, pero
esto no significa del todo que la imagen del hombre como proveedor se haya modificado. A nivel de los
medios, se sigue proponiendo a los hombres que compren electrodomésticos de regalo para sus mujeres
suponiendo que ellos traen el dinero y ella hace las labores domésticas.
Esto pesa como una carga y una exigencia a veces muy difícil de sostener, generadora de expectativas a
las que a veces ellos no están en condiciones de responder.
Pero es verdad que aparece cada vez más una conciencia de que tanto las mujeres pueden ser capaces
de ganar dinero (de hecho muchos hogares se sostienen con el trabajo doméstico asalariado de mujeres
cuyo marido está desempleado), como de que los hombres no tienen ningún impedimento biológico para
hacerse cargo de los hijos, la comida o la limpieza, ni que estas tareas ejerzan un efecto pernicioso sobre
su virilidad. Los impedimentos para estas tareas parecen estar más sustentados en que faltan entrenamientos
permanentes y cotidianos menos narcisísticos y más altruístas para nuestros varones.
En algunos países han aparecido movimientos de hombres dispuestos a criar a sus hijos, pero algunos
no lo plantean como una inserción colaborativa en la esfera doméstica, sino más bien jugando un papel
como sustituto y competidor de la madre. Entre estos últimos, algunos sienten un gran deseo de venganza
hacia la madre de sus hijos, generalmente por haber tomado ella la iniciativa de separarse o haber
decidido convivir con otro hombre.
Diferencia entre “Maternidad” y “Maternar”
Este item es enormemente importante para incluir a las mujeres como sujeto de derechos a una vida con
proyectos y logros propios, y es necesario discutirlo más ampliamente.
¿Quién cría los cachorros de la especie? (se pregunta Renate Bridenthal)
Sólo algunos hombres aceptan la idea de co-responsabilizarse en las tareas concretas que demanda la
crianza, y sólo algunas mujeres desafían los supuestos culturales de que la calidad de cuidado materno
es incomparable y produce los mayores beneficios.
Al mismo tiempo, los científicos de la salud mental han culpado a la madre de las fallas y problemas en
los hijos, mostrando una contradicción entre concebirla como el factor más positivo de la crianza, o, en
otros casos, la influencia más peligrosa y negativa. La idealizan pero la constituyen a la vez en el chivo
emisario social para los problemas conductuales.
Se idealiza la maternidad, mientras se aisla y se margina la CRIANZA (el maternar), dejándola confinada
en el polo doméstico, separado del mundo público, el otro polo.
En nuestra cultura aparece la maternidad idealizada ejercida full time por mujeres y considerada como
característica y “saber” innato y natural. No necesariamente cambia este concepto cuando la mujer sale a
trabajar fuera de su casa: sólo se le agrega OTRA carga mas (la doble jornada) de trabajo pago y no pago.
Quedan así las mujeres definidas sólo por sus capacidades reproductivas, y se les niega o descalifica toda
otra inserción o actividad social porque esto atentaría contra la maternidad full time
Ha habido tímidos movimientos en relación a plantear y revisar informaciones provenientes del campo
psicológico siempre con centro en la función CRIANZA (qué es bueno/malo para los hijos).
Por ejemplo: ha habido una tímida revisión de la teoría de que las alianzas intergeneracionales son negativas
para los hijos. El supuesto es que Padre y Madre siempre deben exhibir acuerdos o.... ¿y qué pasa
cuando no lo están?
Es probable que los efectos de las conspiraciones en cualquier sistema sean des-estabilizadores para los
mismos. Pero, inexplicablemente, estas afirmaciones fueron entendidas por profesionales de la salud
mental que trabajan con familias como que no debían producirse desacuerdos entre los padres, o de que
si alguno de ellos quería intervenir a favor de sus hijos, estaban haciéndoles un daño porque debían estar
a favor del otro padre.(?) Este cuestionamiento es importante, pero no muy difundido. En cambio, se
sigue difundiendo esta afirmación casi terrorista como si fuera una clave explicativa de generación de
patología en los hijos.
También es útil plantear algunos tímidos cuestionamientos y dudas en relación a la importancia en la
crianza de algunas conductas maternales, la necesidad de que esas conductas sean directamente ejercidas
por la mujer-madre, el valor atribuído a su ausencia y su presencia, la calidad de su autoridad, etc. Por
ejemplo. otro clásico del “terrorismo psi” consiste en hacer creer a las madres que deben estar siempre
presentes en su casa con sus hijos, y que dejarlos al cuidado de una cuidadora mercenaria es sinónimo
de abandono y (nuevamente) va a generar problemas en la salud mental de sus niños.
Estas afirmaciones descriptas desconocen la contextualización histórica de las concepciones acerca de
la crianza. Las conductas de “maternaje” que los cachorros de la especie necesitan para sobrevivir y
socializarse, han sufrido importantes cambios a los largo de la historia. En principio, los niños fueron
“descubiertos” como categoría social relativamente recientemente (no antes del siglo XVIII). Curiosamente,
venían siendo sólo “locos bajitos” por siglos, y así era como morían en número impensable para
esta época. También había los que recibían amor y cuidados, pero los niños no eran particularizados
como tales, no tenían sus ropas, sus juegos, sus instituciones.
Si bien en el lenguaje es difícil distinguir entre “maternar” y “la maternidad”, esta distinción puede ayudar
a revisar el exagerado valor puesto sobre esta última estructura de la cultura, valor que se extiende
al matrimonio y a la familia.
Al nombrar la “maternidad” se pierde el sentido de la “parentalidad” que involucraría a varones y mujeres
en la responsabilidad de que nuestros niños reciban los cuidados adecuados.
Podemos distinguir algunos elementos típicos de la maternidad idealizada:
El aspecto contradictorio de esta distribución se evidencia en el hecho de que la cultura no espera de los
varones que se responsabilicen por los hijos, ni valora particularmente la crianza ejercida por las madres,
a las que no subsidia especialmente, ni reconoce como especialmente importantes cuando se autodefinen
como “amas de casa” lo que supone dedicación full-time a la ocupación maternal.
Existen dos edades de riesgo de Enfermedad Mental ligadas a esta maternidad IDEAL (antes, en otra
época, la enfermedad típica era la psicosis puerperal). Los conflictos que enfrentan las mujeres en relación
a su destino “maternal” y personal son enormes.
No extraña entonces conocer que los grandes índices de riesgo de enfermedad mental están en la población
de mujeres jóvenes con hijos pequeños, coincidentes en todas las clases sociales, importante
DATO epidemiológico a tener en cuenta para elaborar políticas de salud.
La otra etapa de vida de riesgo para la salud mental de las mujeres es la que se denominó, cínicamente
para mi entender, como “nido vacío”. Más que atribuir los problemas de las mujeres en esa etapa a que
se transforman en “mano de obra desocupada”, tendríamos que escucharlas y tomar conciencia de que
es en esa etapa en la que esperan que la dedicación a los hijos y al marido dé sus frutos, es decir, que ella
se vea cuidada y atendida en sus necesidades como ella lo hizo con los suyos en su momento. Huelga
decir que esto no es así. Los hijos que ella ayudó a autonomizar se alejan y se desentienden de ella, y
el marido está ocupado en su trabajo y en mantener su propia imagen de persona joven que tal vez ella
misma le ayudó a sostener. Es común que ella se sienta estafada.
Se agregan, a veces, problemas muy graves como la constatación del aumento de sectores de población
pauperizados, que están conformados por mujeres de edad madura que nunca aprendieron a generar dinero,
ingresos propios, y que se encuentran en la vejez desatendidas económicamente por sus familiares.
Propongo algunos cuestionamientos a las ideas sostenidas por teorías psicológicas acerca de la importancia del padre y de la figura paterna. También propongo revisar la definición de la función paterna y su concepción como fundamental para los hijos, y necesariamente ejercida por un varón y especial como es el padre. Me parece importante revisarla porque esta figura paterna así planteada significa creer que las madres de hogares uniparentales tienen que asumir aún más exigencias para asegurarse de que van a ser capaces de:
Existe una tendencia creciente en clases medias (en clases populares ocurrió y ocurre sin que se publicite
ni genere demasiadas políticas al respecto) a que algunas mujeres decidan llevar adelante su proyecto
maternal más allá de si cuentan o no con un compañero para compartir las cargas de provisión de recursos
y crianza concreta. Asumen voluntariamente este compromiso y organizan “familias” uniparentales
cumpliendo los roles que tradicionalmente se supone que corresponden a dos personas.
Nos preguntamos y consideramos muy importante preguntar a madres y padres : ¿Dónde queda el padre
en esta familia actual?
Existe el concepto en la Psicología de que las relaciones únicas y demasiado próximas entre madre e
hijo/a, en la medida en que no se incorpora otro interlocutor confiable para ellos, pueden prolongarse
indefinidamente sin que madre e hijo/a puedan incluir tiempo y crecimiento como una variable importante
para todos. En este sentido, el padre presente y confiable puede cumplir esta función social simbólica de “corte” o de puesta de límites, difícil para el progenitor enganchado en una relación de
inter-dependencia con el hijo.
Obviamente esta función no necesita ser performada por El padre, sino que debe y puede ser incorporada
al sistema inclusive por la propia madre si se ve apoyada como para hacerlo. No necesitamos atribuirle
un sexo a estas funciones, ni reducirlas o cosificarlas.
Si queda en un lugar impuesto por sí mismo o por la cultura como central en lugar de como un miembro
más de la red, el hombre reproduce un modelo patriarcal que tal vez los hijos algunas veces desafían de
muchas maneras especialmente en la adolescencia.
Pocos hombres están preparados para asumir la herida narcisística de pertenecer al sistema familiar
pero no en el lugar de máxima importancia y autoridad. Es frecuente que en ese caso se vayan, que se
refugien en la adicción al trabajo u otras adicciones, que ejerzan roles con un estilo autoritario, o que
compitan y traten de sustituir a la madre.
Cuando pueden superar el dolor de perder ese antiguo trono y, por el contrario, apreciar el valor de
compartir con la madre y los hijos el ámbito doméstico, los padres pueden contribuir al desempeño de
funciones maternales de nutrición, sostén, continencia, solidaridad, acompañamiento, cuidados, y participar
de un mundo de afectos que todos necesitamos y apreciamos.
Con el análisis y el cuestionamiento de estas teorías más tradicionales, y la intención de crear y discutir
una teoría crítica acerca de La Familia al estilo de M. Poster10 podemos pasar de considerar la Familia
una “cosa” en sí a la conciencia del papel de todos en la co-construcción social de esta forma de asociación
humana. En este pasaje La Familia va siendo concebida cada vez más como una Red de ayuda
mutua, que incluye amigos, vecinos y colegas además de pacientes consanguíneos. El cambio podría tal
vez incluir a los propios actores-protagonistas-miembros de una familia como sujetos que la definen.
Parece innegable la importancia política de estos debates sobre las definiciones de Familia, teniendo en
cuenta que esa unidad social ocupa un lugar central.
Hemos observado que:
a) El sistema familiar provee identidad funcional. Las personas pueden identificarse como “un Padre”,
“una Madre”, “un Hijo” y encontrarle sentido a conductas y emociones según estas identidades.
b) La familia es un eje de categorización de conductas sociales, de tal modo que en discursos sociales y
políticos se divide al mundo en categorías de Público y Privado, entendiendo por privado el mundo de la
vida familiar y por público al mundo extra familiar. Se hace cada vez más necesario revisar estas dicotomías
que niegan la validez de los intermedios y las interconexiones entre los extremos supuestamente
polares, pero esto corrobora la importancia de LA FAMILIA.
c) Las instituciones destinan dinero y energía a la creación de políticas acerca de, hacia y para la familia,
aunque no siempre se analicen ni discutan sus concepciones y contradicciones.
d) Las personas que no están vinculadas en forma directa con miembros de su red familiar sufren algún
tipo de rotulación estigmática, desde sí mismos o desde otros, cuando no son víctimas - especialmente
en nuestros países vaciados de un Estado asistencial - de franco desamparo. No tener familia es igual a
No tener apoyo.
f) La imagen de las relaciones familiares aparece ligada a conductas que no se explican racionalmente,
no son económicamente productivas ni fácilmente mensurables, que ubicamos en la esfera de los afectos
y de las relaciones de proximidad e intimidad. Desde el discurso modernista estas imágenes aparecen
como desvalorizadas y asimilables a lo femenino. Desde otros discursos, cada vez las registramos como
más importantes y necesarias.
Frecuentemente esta institución social, la familia, asume en sí y por sí misma todas estas funciones
mencionadas. Así y todo, la complejidad de sus componentes y sus interrelaciones, sus relaciones con
el mundo social circundante y sus diversidades hacen muy dificultosos los análisis totalizadores. Hablemos
por lo tanto de LAS FAMILIAS y diferenciemos también las experiencias y prácticas de cada uno
de sus miembros.
No es posible ser ingenuos/as en cuanto a la importancia política de producir debates acerca de este
tema. En nuestras culturas, las unidades sociales que llamamos familias parecen ocupar el lugar de un
sistema social central. Veamos algunos indicadores de esta afirmación.
a) El sistema familiar es dador de identidad al punto tal que las personas pueden identificarse como “un
Padre”, “una Madre”, “un Hijo”, y dirigirse, abordarse en esos términos, encontrarle sentido a conductas
según estas identidades, etc.
b) Frecuentemente, en discursos sociales y políticos se divide al mundo en categorías como Público y
Privado, entendiendo por privado el mundo de la vida familiar y por público al mundo extra familiar. La
familia es un eje calificado de esta distinción. Es necesario revisar estas dicotomías que niegan la validez
de las categorías intermedias y a las interconexiones entre los extremos supuestamente polares. Justamente
voy a ocuparme aquí en examinar dinámicas un poco menos públicas y un poco más privadas.
c) Las instituciones destinan dinero y energía a la creación de políticas acerca de, hacia y para la familia,
aunque no la analicen ni la discutan.
d) aquellas personas que no están vinculadas en forma directa con miembros de su red familiar sufren
algún tipo de rotulación estigmática, desde sí mismos o desde otros, cuando no son víctimas - especialmente
en nuestros países vaciados de un estado asistencial - de franco desamparo. Quienes no tienen
familia : dan lástima. No tienen apoyo. No tienen garantías o créditos, que los/las avalen.
La imagen de las relaciones familiares parece resumir aquellos componentes de las conductas sociales que son
no racionales, ni económicamente productivos y por lo tanto no son fácilmente mensurables; que ubicamos en la
esfera de los afectos y de las relaciones de proximidad e intimidad, y que (¿paradojalmente?) los seres humanos
registramos como importantes y necesarios para nuestra supervivencia. Esta es la única institución social que
asume en sí y por sí misma todas estas funciones. Pero la complejidad de sus componentes, sus interrelaciones,
sus relaciones con el mundo social circundante y sus diversidades hacen muy dificultosos los análisis
totalizadores. Hablemos de LAS FAMILIAS y diferenciemos las experiencias y prácticas de cada uno
de sus miembros.
En esta propuesta trato más bien de plantear un pasaje desde pensar la familia como una entidad que
responde a ciertas necesidades hacia considerar a la familia como una construcción social con implicaciones
valorativas y morales, y sujeta a cambios históricos y culturales. Tal vez la idea que propongo se
vaya deslizando hacia la concepción de las familias como redes de ayuda mutua que, además de parientes,
puedan incluir amigos, vecinos, colegas, etc., ampliando las definiciones que la ligan a la consanguineidad
y los linajes. El cambio puede ampliarse hasta considerar que los propios actores protagonistas
pueden ser incluídos como sujetos que definen sus formas de asociarse.